un espazo para o estudo da conduta dramática / da pedagoxía teatral

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domingo, 1 de mayo de 2016

De la naturaleza del teatro y del uso indebido de la palabra teatro por políticos, periodistas, tertulianos y otras hierbas...







Para aprender a decir teatro

Manuel F. Vieites

Editorial publicada en la Revista ADE/Teatro, número 160.



… falsedad bien ensayada
estudiado simulacro …

Tite Curet Alonso, Puro Teatro

El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.

Guy Debord, La sociedad del espectáculo


Aunque Don Catalino Curet Alonso en la célebre canción interpretada por La Lupe equipara conducta engañosa y teatro, lo cierto es que ni el conocimiento común que late en el cancionero, ni la literatura más notable en épocas diversas, con autores como Calderón o Shakespeare, acertaron a definir la naturaleza esencial del teatro. Ni siquiera Patrice Pavis, en el ámbito del conocimiento científico, en su Diccionario del Teatro, pudo definir con precisión aquello que es distintivo del teatro como manifestación social, cultural o artística, en buena medida porque si bien su mirada al objeto es muy pertinente, resulta parcial, demasiado informada por la filología y la literatura.

Peter Brook (El espacio vacío) definió la esencia de lo teatral al hablar de una persona que camina por un escenario mientras otra la mira, en tanto Jerzy Grotowski (Hacia un teatro pobre) fijó los términos de ese encuentro al hablar de un actor y de un espectador, lo que nos retrotrae a Vsevolod Meyerhold y al concepto de convención y de recepción (Textos teóricos). El teatro se asienta en una convención según la cual una persona ejerce el rol de actor y la otra persona ejerce el rol de espectador. No hay fingimiento, no hay falsedad, no hay simulacro, no hay mentira, porque la esencia del teatro es la réplica, la REpresentación, la REcreación de mundos dramáticos en un lugar llamado escena, siendo la escena aquel espacio que acuerden ambos sujetos (el de la creación y el de la recepción), incluso mientras el acontecimiento mismo se está produciendo. Y por eso nadie se precipita al escenario cuando Hamlet hiere el cortinón tras el que se esconde Horacio, aunque la Historia del teatro recoge anécdotas de personas que al no entender esa convención se precipitaban a la escena a defender una dama o a abofetear al truhán; por eso seguimos a los cómicos en su mojiganga de calle aceptando que la plaza sea una selva y el portal de la esquina la gruta que habita un monstruo. Hay tendencias (teatro invisible, acción y presentación escénica) que juegan con los límites entre la realidad y la ficción, que parten de una forma diferente de formular la convención, aunque ésta siempre existe.    

La expresión teatral (aquello que se va a ver) se asienta en la expresión dramática (que deriva de la acción, del drama), y esta última deriva de lo que notables psicólogos como William James, Herbert Spencer o Wilhelm Wundt definieron como “instinto dramático” que no es otra cosa que la inclinación, la necesidad más bien, del ser humano a “desempeñar” roles, por lo que con frecuencia en campos como la Sociología la persona se explica como un “actor” social, otro interesante concepto desarrollado por autores tan notables como Jacob L. Moreno, Kenneth Burke, Gregory Bateson o Erving Goffman. Y aunque la conocida expresión de Shakespeare, “All the World’s a stage (en As You Like it), parece muy afortunada, lo cierto es que el mundo, la realidad, no es un escenario, al menos no un escenario de ficción, pues una cosa es desempeñar roles y otra cosa bien diferente confundir realidad y ficción, y confundir los usos y aplicaciones del “como si”. Cuando esto ocurre estamos ante una psicopatología. Y hay personas que en esa incapacidad para diferenciar entre realidad y ficción, entre rol y personaje, generan signos que son indicios de lo que comúnmente se conoce como enfermedad, y que el tango Tranquilo viejo tranquilo formulaba así: (…) no te aflijas, andá a Vieytes / porque en Vieytes dan razón. En efecto, en el viejo psiquiátrico bonaerense ubicado en la calle Hipólito Vieytes.

Como bien explicara Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Frame Análisis), todos nosotros en nuestra vida diaria buscamos formas diversas de presentarnos ante los demás, en una verdadera “dramaturgia de la situación” que forma parte de nuestra propia “dramaturgia de la existencia” que nos define como personas concretas, con unas características específicas, identificables, y que nos diferencian de los demás. Y así, “actuamos” en función de nuestros objetivos, de lo que entendemos son las expectativas de los demás, de la idea que pensamos que los demás puedan tener de nosotros y que queremos confirmar o negar, o incluso de los cambios que se puedan dar en el curso de la acción, y entonces improvisamos. Sobre todo ello Caryl Churchill escribió una obra dramática titulada Marriage Of Toby's Idea Of Angela And Toby's Idea Of Angela's Idea Of Tony (1968), infelizmente inédita. Evidentemente en esa adecuación permanente de la conducta, y de los roles desde la que se emite la misma, puede haber mentiras, fingimientos, falsedades y simulacros, pero en ningún caso cabe decir que ESO SEA TEATRO.

Y viene todo esto a cuenta del uso inapropiado, acientífico, que la clase política (y no pocos periodistas de ambos sexos) hace de la palabra teatro, lo que a su vez es un signo que sirve de indicio preciso de no pocas cosas, comenzando por una cierta estulticia y terminando con la constatación que en esas referencias constantes al “teatrillo” están voceando su enorme desprecio por las artes escénicas, un desprecio que nace de la incomprensión de los principios sobre los que se asienta una forma artística que en Grecia gozaba del pleno apoyo de la polis, por razones suficientemente explicadas desde las más diversas disciplinas y por una tradición crítica de altísima solvencia intelectual alentada en las más prestigiosas universidades europeas. Hay bibliografía para quien quiera leer e informarse.

¿Es correcto decir que los políticos están armando un “teatrillo” cuando negocian, y se tiene la sensación de que no quieren llegar a un acuerdo? NO, en ningún caso. Los políticos pueden fingir, mentir, falsear, montar un simulacro, pero en ningún caso lo hacen como actores o actrices de teatro, sino como actores sociales, como personas que gozan de una posición porque representan a muchas otras personas, y esa es su convención, de la que deriva su función y su responsabilidad. Y si merecen el calificativo de truhanes, no es porque jueguen al teatro (que no lo hacen, ni saben seguramente), sino porque juegan al engaño, al trampantojo, al embuste, porque practican el viejo arte de la hipocresía.

¿Estarán entonces montando una farsa? Tampoco, aunque el Diccionario de la Lengua le atribuya al vocablo, en su sentido figurado, el significado de “enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar”. Lo que sí hacen es montar un espectáculo, en el sentido que le da al término el Diccionario, que define como “acción que causa escándalo o gran extrañeza”, o, lo que es peor, en el sentido que le daba Guy Debord en La sociedad del espectáculo, el espectáculo con el que reconstruyen y reafirman su hegemonía para legitimar nuestra sumisión, por seguir al querido Antonio Gramsci. Y más que hacer un “espectáculo”, lo que hacen, por volver al Diccionario, es “dar espectáculo”. Y hay espectáculos que cada día son más denigrantes, por el escándalo, pero especialmente por la sumisión implícita que conllevan, y que sería razón más que suficiente para “correrles a gorrazos”.

No digan pues teatro, ni teatrillo, ni farsa, ni drama, ni tragedia... al hablar de sus trifulcas, cada vez más insufribles. Respeten un poco más el arte y la cultura y no hagan gala de su estulticia, que ese es otro espectáculo, todavía más escandaloso y contra el que ya clamaba Ricardo Mella hace más de un siglo, reclamando la rebelión de los esclavos sin pan y la revolución social.

Hagan política, y vayan al teatro, ¡caray! A ver si aprenden.

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