un espazo para o estudo da conduta dramática / da pedagoxía teatral

teatro e educación, expresión dramática, expresión teatral, conduta dramática, xogo dramático, xogo de roles... puro teatro


viernes, 14 de mayo de 2010

De la expresión dramática a la expresión teatral


Fragmento de un trabajo inédito titulado
“Después de la LOE”

Manuel F. Vieites

En un trabajo reciente (VIEITES, 2005a) comentábamos algunas de las cuestiones que cabría considerar en el proceso de normativización y regularización de las enseñanzas teatrales en los niveles de la educación obligatoria, en el bachillerato y la formación profesional. Decíamos entonces, y seguimos manteniendo ahora, que se trata de un conjunto de disciplinas fundamentales en la formación integral del sujeto en tanto promueven una serie de aprendizajes sumamente necesarios en el desempeño social del individuo. En su dimensión propedéutica, también permiten que esos individuos desarrollen intereses, capacidades, actitudes y expectativas en relación con futuros itinerarios formativos y profesionales. En aras de la brevedad no abundaré en cuestiones teóricas o en argumentaciones en torno a la dimensión educativa o a las finalidades propias de determinadas prácticas educativas que ahora presentaré de forma esquemática, para centrar mi análisis en cuestiones más programáticas y más relacionadas con la agenda legislativa y política, señalando algunos problemas que requieren una solución urgente.

La Expresión dramática. A buen seguro me hago eco de las opiniones de muchos otros colegas en el ámbito de la educación teatral si subrayo que una buena parte de los objetivos que se formulan como terminales para cada etapa de la educación obligatoria son de difícil consecución si no incorporamos la docencia de esa materia que denominamos Expresión dramática en los programas curriculares de etapa y de centro, fundamentalmente en educación infantil y en primaria. Baste un ejemplo. Para la educación infantil se formulan objetivos como: “desarrollar capacidades afectivas”, “desarrollar habilidades comunicativas” o “relacionarse con los demás y adquirir progresivamente pautas elementales de convivencia y relación social, así como ejercitarse en la resolución pacífica de conflictos”. Pues bien, ¿cómo se podrán alcanzar objetivos como los citados, si no es a través del juego de roles, de las dramatizaciones, de las improvisaciones, de los juegos protagonizados y de todas esas actividades que ya se incorporan en programas avanzados de formación de directivos en empresas punteras?
El número de tesis doctorales y de investigaciones que se han realizado en países como Canadá, Québec, Estados Unidos de América, Inglaterra o Australia en torno a la dimensión educativa y formativa de lo que en esos países se conoce ora como “drama” ora como “expression dramatique”, es de tal calibre que, parafraseando al mensajero de Los Persas, personaje de la conocida tragedia de Esquilo, cabría decir que la suma de las mismas, mencionar yo no podría, aunque durante diez días, las estuviese nombrando. Basta con leer aquel libro de Peter Slade, que en España se publicó con el título de Expresión dramática infantil, para tomar conciencia de la importancia pedagógica de una disciplina fundamental en un desarrollo armónico e integral de la persona.
Más allá de las aportaciones de un muy numeroso grupo de autores y autoras (McCaslin y otros, 1985), no debemos dejar de señalar otras aportaciones singulares y especialmente substantivas provenientes del campo de la sociología, la antropología o las ciencias de la conducta. Para ese igualmente numeroso grupo de autores y autoras, la “dramática” es antes que otra cosa una más entre las formas de expresión que tiene el individuo para relacionarse e interaccionar con los demás. Su importancia y trascendencia educativa deriva de la consideración de que la vida social se entiende como un juego de roles en el que el individuo habrá de desempeñar diferentes papeles en función de las situaciones en que se ve inmerso y de las expectativas que tanto él como los demás han cifrado en su comportamiento (GOFFMAN, [1959] 1971; ROCHER, 1985). Así, en su manual de sociología y en las conclusiones con las que finalizaba el capítulo dedicado a la “Interacción social y vida cotidiana”, Anthony Giddens (2001: 149) señalaba: “Con frecuencia la interacción social se puede estudiar de un modo revelador aplicando el modelo dramatúrgico, es decir analizando la interacción social como si los que participan en ella fueran actores en un escenario”.
No se trata de un pensamiento original, más bien estamos ante una realidad de la que la literatura ha dado cuenta en ocasiones múltiples y como ejemplo podemos recordar aquel fragmento con el que se inicia la obra de Pedro Calderón de la Barca, El gran Teatro del mundo (CALDERÓN, 1974: 41): “Una fiesta hacer quiero / a mí mismo poder, si considero / que sólo a ostentación de mi grandeza /fiestas hará la gran naturaleza…
Esta conducta dramática nace de nuestra capacidad simbólica, de nuestros recursos expresivos, de nuestras competencias comunicativas, de nuestra capacidad y habilidad para mostrar, para dar vida, en el aquí y ahora, a todo tipo de conductas y desempeñar los más diversos roles, a veces con un gesto, con una postura, con una inflexión de la voz. Los autores y autoras que se han ocupado del estudio de esta tipología conductual son muchos, y destacan los trabajos de gentes tan diversas como Erwin Goffman, Paul Watzlawick, Gregory Bateson, Jerome Bruner, Ray Birdwhistell, D. W. Winnicott, Ursula Coburn-Staege, Martine Mauriras Bousquet, Daniil Elkonin o Alfred Schutz. Todos ellos analizan los diferentes medios de expresión de que dispone el ser humano en su comunicación con los demás, y entre sus antecedentes está el trabajo publicado en 1933 por Karl Bühler bajo el título de Ausdruckstherorie. Das System an der Geschichte aufgezeigt, traducido al castellano en 1950 como Teoría de la expresión.
Si la expresión dramática es, como la expresión oral, uno de los medios de los que nos servimos para comunicarnos con los demás, un elemento fundamental de nuestra conducta, parece lógico y aconsejable que ese tipo de expresión se potencie en las escuelas en la medida en que de hacerlo así estaríamos fomentando las competencias comunicativas del individuo y su capacidad de interacción con su medio físico y social, sus habilidades de adaptación y las destrezas necesarias para hacer frente a todo tipo de situaciones y resolver los más diversos problemas.
No deja de ser curioso que una de las primeras referencias a la “pedagogía teatral” que se puede documentar en España sea aquella que aparecía en las conclusiones de las “Jornadas de Estudio sobre Teatro Escolar, Teatro para Niños y Teatro de Títeres”, celebradas en Madrid del 30 de mayo al 4 de junio de 1977, organizadas por el Instituto Nacional de Ciencias de la Educación y publicadas en 1978 en el número 6 de la revista de teatro Pipirijaina. En las conclusiones de aquellas jornadas se afirmaba que “la expresión dramática forma parte del proceso natural del desarrollo del sujeto, como proyección de sí mismo y asimilación del mundo de su entorno”, de donde se concluía la necesidad de una mayor presencia de la actividad teatral en las escuelas. Incluso se afirmaba que “la formación de profesionales capacitados para desarrollar en condiciones óptimas la práctica teatral en el medio escolar, debe contemplar aspectos psicopedagógicos y teatrales. En base a esta formación deberá constituirse el plan de estudios de una futura especialidad en «Pedagogía teatral» a impartir en Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado, en los solicitados «Centros Dramáticos» y en los Institutos del Teatro”. Eran aquellas épocas de esperanza y de enorme ilusión, de aliento decidido a la renovación pedagógica y de deseos de transformación de la escuela y las universidades. Transcurridos casi treinta años, comprobamos que la realidad escolar, en este caso, no ha cambiado.
Bastantes años después, Eduardo Galán (1995: 95) en un libro titulado Reflexiones en torno a una política teatral, señalaba con rotundidad la necesidad de “reformar cuanto antes los planes de estudio de las Escuelas de Formación del Profesorado”, entendiendo que una mayor presencia de la actividad teatral en los centros educativos exigía una formación adecuada de los educadores. Sin embargo las formulaciones programáticas se quedaron en eso, en simples ideas que jamás se concretaron en su dimensión normativa (Vieites, 1996).
La Ley Orgánica 2/2006, de 2 de mayo, de Educación no parece que vaya a cambiar la situación actual, en la que las enseñanzas artísticas aparecen integradas, única y exclusivamente, por la expresión plástica y la expresión musical, que sí cuentan con una presencia curricular importante en los planes de estudio que conducen a la obtención del título de Maestro, el que habilita para la docencia en las etapas señaladas: infantil y primaria (donde conforman el bloque de la enseñanza artística). No ocurre lo mismo, como bien sabemos, en muchos países de nuestro entorno cultural y geográfico y los ejemplos de Inglaterra, Estados Unidos, Portugal, Australia o Québec están ahí para quien desee analizarlos. Países en los que la Expresión dramática constituye también un área de conocimiento objeto de docencia e investigación en los centros educativos y en las universidades, en el primer caso debido a sus enormes posibilidades y a los logros demostrados en una formación armónica e integral de los más pequeños, y en el segundo, en buena lógica, en función de garantizar una adecuada formación de formadores (Taylor, 1996).
La situación, en nuestro caso, se complica todavía más si consideramos que un buen número de áreas y disciplinas en las etapas consideradas proponen en sus orientaciones metodológicas el uso de recursos de carácter dramático como juegos de roles, dramatizaciones o improvisaciones, y así ocurre en conocimiento del medio, matemáticas o lengua. Las carencias formativas en el campo de la Expresión dramática de nuestros titulados en Magisterio impiden, también en este caso, que los recursos dramáticos se puedan convertir en tales y desplegar su enorme potencial instrumental y procedimental.
Podemos concluir que la situación y las perspectivas de la formación teatral en las dos etapas referidas, educación infantil y primaria, no puede ser peor y las posibilidades de mejora son nulas. Con todo, no deja de ser curioso que aquellos centros que sí han considerado la inclusión de la Expresión dramática como área de docencia y aprendizaje en el proyecto curricular de etapa y en la programación de aula presenten un grado de satisfacción óptimo en cuanto a resultados y un pleno convencimiento en los padres en torno a la necesidad de mantener esa línea de trabajo. Un trabajo de campo certificaría científicamente lo que afirmamos en base a observaciones empíricas. Por eso tal vez no esté de más hacer un llamamiento al Ministerio de Educación y Ciencia al objeto de analizar posibles soluciones a esta situación e incluso considerar la puesta en marcha de programas piloto que, consensuados con las administraciones educativas de las Comunidades Autónomas, permitan una progresiva incorporación de estas enseñanzas en el currículo y en los centros escolares.

La Expresión teatral. La diferencia básica que existe entre la expresión dramática y la expresión teatral radica en que en la primera lo esencial es el desempeño de roles en el marco de una acción dramática en que todos participan, en tanto en la segunda la acción dramática se organiza a partir de la existencia de actores y espectadores. La expresión dramática se sitúa en el ámbito de la vida en tanto la expresión teatral pertenece al dominio del arte. Por eso la Expresión dramática, en tanto disciplina educativa, se ubica en el período que va de los 3 años a los 12, y la Expresión teatral es más adecuada para las etapas de educación secundaria y bachillerato.
Nos situamos ahora en unas etapas educativas en las que además de los objetivos relacionados con la formación integral y un desarrollo armónico de la persona, hay que considerar, todo aquello que se señala en el artículo 22. 3 de la LOE, lo que implicar prestar “especial atención a la orientación educativa y profesional del alumnado”. Seguimos insistiendo en el carácter educativo y formativo del teatro, pero ahora también deberemos tener en cuenta que es en estas etapas cuando el alumnado perfila futuros itinerarios formativos, entre los que cabe considerar todos aquellos que guardan una relación directa o indirecta con las artes escénicas, sea en el territorio de las enseñanzas artísticas, sea en el de las letras y las humanidades o las ciencias de la imagen.
Por eso siempre defendimos que en educación secundaria el alumnado debiera tener la opción de cursar una optativa denominada Expresión teatral, al menos durante dos cursos. Optamos por esta denominación porque abarca más territorio que la asignatura que se denomina Taller de teatro, especialmente orientada a la realización de espectáculos o al dominio de técnicas relacionadas con ese proceso. La Expresión teatral, como nosotros la entendemos, y como luego se verá, supone una inmersión integral en el sistema teatral. Defendimos igualmente que el profesorado para impartir esa materia debería salir de las Escuelas Superiores de Arte Dramático, porque hasta la fecha y mientras no se demuestre lo contrario todo indica que los titulados en Arte dramático son los verdaderos especialistas en el campo y además poseen una titulación equivalente, a todos los efectos, a la de licenciado universitario. El que durante años algunas optativas similares hayan sido impartidas desde los seminarios de Lengua y literatura o de Educación física es una muestra del escaso entusiasmo con que se ha acometido el proceso de normalización de las enseñanzas teatrales. Otra de las cuestiones a mejorar, y sobre la que la LOE apenas ofrece pistas...

En nuestra defensa de esta posibilidad, entendemos que el teatro es una manifestación sociocultural y artística que se caracteriza tanto por los procesos comunicativos singulares que les son propios como por el hecho de que se materializa en la escena a través de la síntesis e integración de otras expresiones artísticas, desde las literarias hasta las plásticas. La teatralidad, como elemento diferencial del hecho teatral, presenta múltiples formas y así se manifiesta en una comedia de capa y espada o en las propuestas más novedosas de presentación escénica, sin olvidar otras manifestaciones de carácter popular que todavía hoy se celebran en multitud de comunidades, pues desde las primeras culturas numerosas actividades humanas están marcadas por la teatralidad y en muchas celebraciones hacemos uso, de manera implícita o explícita, de recursos e instrumentos expresivos de signo dramático y/o teatral.
En nuestra justificación de la materia, partimos del hecho de que la expresión teatral se debe entender como una manifestación humana de carácter cultural y artístico, en la que se produce un acto comunicativo entre un actor y un espectador, considerando que esas funciones básicas, la de actor y la de espectador, pueden ser desempeñadas por las personas más variadas o se podrían aplicar a una gama de sujetos diversos, sin circunscribirlos necesariamente al espacio concreto de un auditorio o de una sala de teatro. La expresión teatral, como antes de decía, tiene su origen en la expresión dramática, que la fundamenta, siendo la dramática aquel tipo de conducta en la que los seres humanos, en su comportamiento cotidiano, hacen uso del juego de roles para desarrollar sus procesos de expresión y comunicación con el otro..